Inventar una ciudad
Por Valeria Barahona / Periodista y escritora / Es autora de los libros "Señoritas en toma" y "Educación Superior"
Construir una casa e incendiarla podría graficar el proceso de escritura. Todo lo que se ama será sacrificado en beneficio de la vida de personas o seres irreales, aunque por momentos tienen más solidez que cualquier lector de esta columna, ya que el autor pasa más tiempo con ellos que con su familia o quienes le rodean. Si encuentra a su lector ideal, el pelambre girará en torno a estas voces en la cabeza.
Movimientos, ropas, todo será dirigido y adquirirá una dimensión simbólica que sólo crecerá en caso de que el escritor decida, a su vez, crearles un entorno que exceda a la casa o los edificios: una ciudad, paradójicamente, para escapar de sí misma, de las calles gastadas, las esquinas llenas de recuerdos, esa (¿mala?) suerte de urbanismo amoroso con el mapa de los besos, los departamentos ocupados, los jardines invadidos como niños jugando, igual que George Denbrough con su impermeable amarillo en un día de lluvia por las calles de Derry, la ciudad que su creador, Stephen King, inventó para su muerte en la novela "It".
En Derry también ocurren los libros "Insomnia" y "El cazador de sueños", entre otras, aunque su primera aparición (o construcción) es en "It", donde "el río Kenduskeag había crecido casi hasta los márgenes" en 1957, y 26 años antes "una de las víctimas de la inundación había sido hallada en Bucksport, a unos 40 kilómetros de distancia. (...) Ahora, sin embargo, el río estaba retrocediendo y cuando se elevara la nueva presa hidráulica de Bangor, corriente arriba, dejaría de ser una amenaza", continúa el viaje narrativo de King en torno a la calle Witcham, donde el barquito de papel del pequeño George fue tragado por un desagüe y "allí dentro había unos ojos amarillos. Ese tipo de ojos que él siempre imaginaba, sin verlos nunca, en la oscuridad del sótano".
Al menos veinte novelas de King mencionan a Derry, motivo por el que en internet hay mapas dibujados por sus seguidores, así nadie se pierde, porque la ciudad inventada se ubica en un estado real de Estados Unidos, Maine, en la costa Este y el límite con Canadá, donde nació el autor y todavía pasa ciertas temporadas, alternando con el clima más cálido de Florida.
Todos los libros del autor de "Carrie" pasan por Maine, con personajes casi tocando la bocina a su creador. Allí vive también la viuda de un escritor súper ventas en "La historia de Lisey", donde abraza el dolor por la muerte de su marido, un seguidor que intenta abusar de ella y una hermana que enloquece. Lisey necesita escapar y recuerda que "las tinieblas adoraban a Scott, entonces eso era amor verdadero, sí señor, porque él también las adoraba, había bailado con ellas por la pista de los años hasta que por fin las tinieblas se lo habían llevado".
Llevado a Boo'ya Moon, una playa oscura a la que Scott escapa con grandes esfuerzos de concentración desde que era un niño maltratado por su papá. Allí esconde el cadáver de su hermano y es donde Lisey encuentra su voz para descansar, en la novela considerada la más personal de King. Publicada en 2006, cuando ya es un escritor famoso, nadie puede ir ahí a buscarlo para que le firme un libro.
Asimismo, ni con un GPS se encuentra Arkham, la ciudad en Massachusetts donde Howard Phillips Lovecraft arrojó un meteorito en "El color que cayó del cielo", hace casi un siglo. En Arkham "las malas hierbas y las zarzas reinaban por doquier, y furtivas criaturas salvajes susurraban en la maleza. En todo el paraje había un tufo de inquietud y opresión; un amago de irrealidad e incongruencia, como si algún elemento vital de la perspectiva o el claroscuro estuviese mal puesto".
El narrador elevará una obra de infraestructura y conoce a un vecino a quien tienen por loco. Él le cuenta la historia del "páramo maldito": "Al día siguiente regresé a Boston para renunciar a mi empleo. No podía ir de nuevo a aquel tenebroso caos de antiguos bosques y laderas, (...) el embalse iba a ser construido en seguida, y todos aquellos antiguos secretos estarían a salvo para siempre bajo varias brazas de agua. Pero ni siquiera entonces me gustaría visitar aquella región por la noche… Al menos, cuando las siniestras estrellas hayan salido; y nada podrá convencerme para que beba el agua de la nueva ciudad de Arkham".
Lo que hoy puede ser leído como un mensaje medioambiental algo enrevesado, el británico James Graham Ballard lo retomó en 1962 con "El mundo sumergido", donde el alza de las temperaturas eleva el nivel del mar, convertido en pantanos donde viven grandes iguanas y libélulas. Quedan pocos humanos y Kerans se refugia en el Hotel Ritz, en Londres, "vestigio de una civilización prácticamente perdida para siempre", como inventar una ciudad sobre cimientos reales.
Kerans es biólogo y junto a Riggs "habían renunciado a las bromas y charlas que los habían ayudado a pasar dos años catalogando especies", marcadas por "el metabolismo disminuido y la regresión biológica de todas las formas animales cuando va a operarse en ellas una metamorfosis fundamental. Se preguntaba a veces en qué zona de tránsito estaba entrando él mismo, y pensaba que su propia regresión no era síntoma de una esquizofrenia latente, sino una cuidadosa preparación para un ambiente radicalmente nuevo, con una lógica y un mundo interior propios, donde las antiguas categorías mentales serían verdaderos impedimentos".
Amparado en esta grieta, una década más tarde el italiano Italo Calvino publicó "Las ciudades invisibles", relatos de Marco Polo a Kublai Kan sobre sus viajes por ciudades con nombre de mujer, en cuya introducción el autor cuestiona "¿qué es hoy la ciudad para nosotros? Creo haber escrito algo como un último poema de amor a las ciudades. Tal vez estamos acercándonos a un momento de crisis de la vida urbana y 'Las ciudades invisibles' son un sueño que nace del corazón de las ciudades invivibles".
Por veredas ásperas también caminó el filósofo alemán Walter Benjamin en 1925, cuando "intentó inútilmente ser admitido en la universidad" como académico, señala la traducción de "Dirección única" publicada en Chile en 2021. Para vivir, comenzó a publicar en medios pequeños ensayos que después formaron un libro con "la sintaxis misma de una calle comercial", con tipografías que "evocaban titulares de un diario o letreros publicitarios; en los márgenes de cada página (...) el número de folio, de tamaño y grosor inusuales, evocando a su vez los números de los edificios en sus portales".
Este espíritu vanguardista parte con el epígrafe "esta calle se llama Calle de Asja Lacis, por aquella que cual ingeniero la abrió en el autor", quien en "Obras" dice que los niños "sienten una atracción irresistible por los desechos" de las construcciones, con que crean "un mundo pequeño dentro del grande", al igual que los escritores en busca de su propia voz, tierra para germinar plantas y emociones.