José Manuel Rodríguez Profesor de Literatura
"Se hacía tarde cuando ya tomándome un hombro me ordenó:/ «Anda y mátame a tu hijo» / Vamos -le repuse sonriendo- ¿me estás tomando el pelo acaso? / «Bueno, si no quieres hacerlo es asunto tuyo, pero recuerda quién soy… ¿y dónde quieres que cometa ese asesinato? / Entonces, como si fuera el aullido del viento quien hablase, Él dijo: «Lejos, en esas perdidas cordilleras de Chile»". Estos versos corresponden a Anteparaíso (1982), el segundo libro de Raúl Zurita que lo consolida plenamente como un poeta mayor. Anotamos consolida porque la enorme dimensión de su obra ya la había percibido, de manera muy temprana el crítico literario Ignacio Valente, leamos: "Algo menos que un centenar de versos, que aparecen con amplia y cuidadosa diagramación en el primer número de la revista "Manuscritos" -y que son, al parecer, su primera publicación-, consagran ya a Raúl Zurita entre los poetas de la primera fila nacional, como un digno descendiente de los grandes de nuestra lírica" (El Mercurio, 7 de septiembre de 1975).
Esto es fantástico, esa revista "Manuscritos" era, como muchas revistas poéticas, poco más que un folletín publicado por amantes del género y de circulación restringida dados sus escasos ejemplares. Uno de ellos llegó a manos del crítico mercurial, como lo llama la escuela del resentimiento, quién comprendió inmediatamente que se enfrentaba a un gran poeta. Por supuesto que fue lapidado, pues la resentida escuela está convencida que el canon literario, aquel selecto grupo de textos de calidad absoluta, es una invención de los poderosos. Baste leer una especie de respuesta a las alabanzas de Valente despachada por un censor de cuyo nombre no quiero acordarme, quién califica a al primero solo como un mero comentarista de la junta militar y a Zurita como la oveja negra de la nueva poesía, pues "hace reventar una palabra innecesaria, quiebra y apenas insinúa el lenguaje, dejando al final colgajos o hilachas de un idioma incapaz por la situación del poeta ante la realidad de plasmar significados claros, concisos, precisos".
Estas palabras las rumia a propósito del primer libro del poeta, "Purgatorio" (1979). Texto que, sin duda, representa una experiencia extrema. Fue escrito cuando el poeta estaba casi loco como muestran sus electroencefalogramas incluidos en el libro. Es decir, el juez justamente olvidado lamenta que no existan "significados claros" y eso no es otra cosa que la añoranza de una poesía política, combatiente.
Hablar así es no entender nada, pues la primera revolución poética está en el lenguaje. Asunto que si percibe Valente cuando comenta el mismo libro: "El lenguaje de Zurita se apoya muy especialmente en la sintaxis, mejor dicho, en su distorsión. Es una poesía de la sintaxis… ¿Sicosis? En todo caso una sicosis transfigurada en alta y extraña lucidez poética" (El Mercurio, 24 de octubre de 1979). Damos un ejemplo de esa lucidez-locura tan complejamente escrita: "El mundo entero comenzaría a silbar entre el follaje de los árboles y nosotros nos veríamos entonces en el mismísimo nunca transparentes silbantes en el viento tragándonos el color de esta pampa" (35). Extraño, pero se nota la potencia. Potencia que aparecerá de manera espléndida en el ya citado "Anteparaíso". Lugar donde la anhelada política por el crítico menor surge plenamente "como en un sueño, cuando todo estaba perdido Zurita me dijo que iba a amainar porque en lo más profundo de la noche había visto una estrella" (17).
Estos versos narran lo que sufrió el poeta cuando fue preso político, tras el duro golpe de estado y fue encerrado en la bodega de un barco (consignamos de paso la verdadera locura que significa encarcelar poetas). Importa destacar que aquí se desmienten los dos asuntos que no dejaban dormir al combatiente: La primera que Zurita era pura palabrería sin compromiso; la segunda que Valente lo valoraría por eso mismo, pues era el crítico de los poderosos. Doble error, pues todo lector especializado sabe que la gran poesía es profundamente política, pero no en una dimensión menor, panfletaria, sino una que toca los anhelos, sentimientos, deseos, más nobles de la humanidad.
Valente lo sabe, por eso escribe a propósito de este gran libro: "Este delirio lógico, afectivo y verbal de una fantasía desatada tiene, con todo, puntos de partida o arranques biográficos de experiencia personal… visiones fugaces brotadas del padecimiento; así como lo es la visión de la estrella en lo más profundo de la noche" (El Mercurio, 24 de octubre de 1982). Claramente no elude la violencia desatada del golpe, como pensaban, o piensan, quienes lo lapidan. Solo que le importa otra cosa, la hermosura de la poesía. Y ese es el canon, no una invención de burgueses y princesas que leen por deporte acomodados en sus palacios. No es así, además que no tiene nada de malo que burgueses y princesas lean. El canon es simplemente una serie de libros que alcanzan el arte, tal y como lo hace "Anteparaíso". Veamos: "Oye Zurita -me dijo- toma a tu mujer y a tu hijo y te largas de inmediato… El Duce se está acercando''… Está bien -le repliqué casi llorando- ¿y dónde podrá ella alumbrar tranquila? Entonces, como si fuera la misma Cruz la que se iluminase, Él contestó: "Lejos, en esas perdidas cordilleras de Chile".
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